jueves, 20 de octubre de 2016

La sangre en mis rodillas (relato)

Buenas, mis queridos lectores:
Para hoy tenía pensado subir el Cuestiones Literarias de este mes, pero creo que lo voy a dejar para la semana que viene. Últimamente he estado escribiendo bastante y hoy me apetecía compartir con vosotros un relatillo que tenía por ahí.
Espero que os guste...
Pd. Dejadme saber que os ha parecido en los comentarios :)

La sangre en mis rodillas

Con febril delicadeza pasa una página, y luego otra. ¡Ah! Qué sentir tan delicioso de tranquilidad. Levanta la cabeza y observa una vez más los veinticinco pupitres vacíos. Qué maravilla de silencio, no hay gritos, ni pinturas volando, ni siquiera llantos...
Se levanta y se pasea entre las mesas. Abre un pupitre y ve un montón de dibujos, no están mal, son de Lana. Una sonrisa pretenciosa cruza su cara: la pobrecilla se cree que va ser pintora. ¡Ja! Pobre inocente con sueños estúpidos...
Sigue caminando y sale al pasillo. Hay un espejo en la pared en el que se refleja un cuerpo alargado, escuálido, anguloso, vestido de negro. Con ojos inquisitivos observa la imagen. Se aparta el graso pelo rubio de la cara y sonríe satisfecha con su reflejo. Le gusta aparentar seguridad.
Poco a poco un murmullo de voces empieza a hacerse más y más audible, mira el reloj alarmada, pero por suerte aun quedan cinco minutos.
Se acerca a la ventana a observar el panorama. Fuera, en el patio, un corro de niños grita animando una pelea. Dentro del círculo, un niño llora tirado en el suelo mientras dos chicos mayores lo miran desde arriba. Ella se vuelve asqueada y sigue por el pasillo. Débil. No va a ayudarlo, no se lo merece. Ese niño es una plaga, no sabe defenderse. No deberían dejarlo ir al colegio, no tiene futuro en la vida. No hay sitio para la flaqueza en este mundo, eso le dijeron siempre a ella.
Esta vez cuando vuelve a pasar por delante del espejo, no ve una mujer de treinta y cinco años a la que la ropa le queda demasiado grande, sino una niña pequeña, rubita, llorosa y con sangre en las rodillas. Entonces se acuerda de por qué odia tanto a los niños. Se gira, dirige un último pensamiento de odio hacia el niño del patio, y vuelve a entrar en clase.

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