miércoles, 8 de abril de 2015

Corredores

Recorro los pasillos lentamente, acariciando las paredes de hormigón con las yemas de los dedos. Observo los rincones del gran edificio austero en el que he vivido durante tanto tiempo, estudio los sitios que no volveré a ver ahora que me marcho: el patio, el comedor, los baños... Me siento en una mesa de la sala de recreo y con un bolígrafo grabo mis iniciales en la mesa: A.B.
Empiezo a despedirme de mis compañeros y de los pocos amigos que he hecho. A Sam le digo adiós el último, de todas las personas que he conocido aquí él es quien mejor me comprende. Es algo siniestro, pero bueno, todos en este lugar lo son.
Una de las ventanas que dan al patio está abierta, y el aire templado de mayo me hace cosquillas en la nuca mientras espero. A lo lejos oigo el cantar de una avecilla.
Por fin llegan los dos hombre que me tienen que escoltar. Visten de uniforme. Un uniforme que he aprendido a respetar en los últimos tiempos. A la salida de la sala de recreo hay dos hombres más que terminan mi escolta. Yo sé que todas estas medidas de seguridad son absurdas, pero con estos hombres no hay quien negocie nada. Salimos del edificio y me meten en un furgón blindado. Por el pequeño ventanuco de la parte de atrás veo alejarse lo que me era conocido, y por última vez me maravillo con lo bonito que es el paisaje en esta zona. Lo miro todo bien porque sé que no voy a volver, y lo peor de todo es que no me importa.
Tras un viaje no muy largo llegamos a un recinto parecido al que acabamos de abandonar, como sé que no es mi destino final no me molesta. Pasamos un par de controles de seguridad y esta vez me escoltan seis hombres, entre los que se encuentran tres de los de antes. Recorremos un entramado de pasillos y corredores hasta llegar a una gran puerta negra con cerrojo. Me meten en esa habitación junto con dos de los guardias que formaban mi escolta inicial. La habitación es bastante parecida a las otras que he visto, aunque más alargada, también hay un panel negro cubriendo una de las paredes, la más alejada a mi. Estoy seguro de que hay gente observándome al otro lado, y me alegro por ello porque quiero que oigan lo que estoy  punto de decir.
En la habitación hay una silla y me siento antes de que el guardia me lo indique siquiera. Luego yo mismo me abrocho las correas (más medidas innecesarias de seguridad). Uno de los hombres me pregunta "¿algo qué añadir?"
Yo sonrío, miro directamente el panel de pared y digo:
 -¿Sabéis por qué me llaman el Asesino Benévolo? Porque no he matado nunca a nadie.
Una sola descarga. Y después, silencio.

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